Nuestros niños no son superhéroes, están soportando horarios excesivos

No es fácil llevar la cuenta de cuántos conselleiros de Educación han pasado por la Xunta en los últimos 33 años, Bertila Fernández (Vigo, 1955) se ha sentado con todos. A través de su labor en Foampas, la federación de las AMPA de Vigo, ha conseguido triunfos para la educación pública como la red de comedores escolares, las aulas madrugadoras, los bancos de libros o la educación a domicilio para los niños enfermos o en tratamiento que no pueden acudir a la escuela. «Recuerdo la primera familia y la primera mamá que vino por Foampas pidiendo educación en casa para su hijo que tenía leucemia, hoy ya es mayor y está perfectamente. Haber conseguido la educación domiciliaria para toda Galicia y seguir teniendo contacto con la familia es muy gratificante».

Cuando una madre la animó a entrar en la directiva de la asociación de madres y padres del colegio Celso Emilio Ferreiro de Vigo, allá por los años 80, su hijo tenía 3 años, hoy tiene 36 y es padre de una niña de cuatro años y medio. Bertila Fernández ya es abuela pero nunca ha dejado de ser madre de dos hijos, «nunca desatendí mi responsabilidad como madre, pero sí que pasa una pequeña factura porque sacrificas tiempo que te dedicarías a ti». A sus 65 años, sigue en el día a día de la federación de las AMPA como portavoz y cuenta con el apoyo de la directiva. «Porque cumplas años no te tienes que retirar, la primera línea tiene que ser para padres con niños escolarizados pero yo quiero seguir aportando, haciendo trabajo de campo mientras las fuerzas acompañen».

Los problemas llaman a la puerta. A un inicio de curso marcado por el covid hay que añadir retos que preocupan a la comunidad educativa. «Tenemos que preparar a los niños para convivir con las redes y las nuevas tecnologías. Los trastornos alimenticios y emocionales o las ludopatías están ahí, tenemos adolescentes que llegan a clase después de estar jugando por la noche; la prostitución, hay alumnos de instituto que terminaron cenas de clase en prostíbulos, según nos trasladaron las familias. Si queremos cambiar la sociedad e ir dando pasos, tenemos que invertir en educación». A los protocolos ya existentes, Fernández propone sumar más recursos, como la figura de la enfermera escolar o los trabajadores sociales en los colegios. «Hay situaciones de grupo que se tienen que abordar en la escuela. En la familia hay que trabajar para que sepan convivir con compañeros, docentes y con el entorno pero son necesarios educadores sociales en los centros, harían esa labor mano a mano con los profesores que necesitan también apoyos y medios».

Motivar, no atiborrar

No se educa como hace 30 años, ni las familias tratan a sus hijos igual que hace tres décadas. Las situaciones son distintas y también los aprendizajes. Quienes crearon recursos como la red de comedores o las aulas de madrugadores alertan de que el ritmo de vida actual de las familias lo están pagando, en ocasiones, los más pequeños. «Nuestros niños no son superhéroes, están soportando horarios excesivos, desde las aulas matinales hasta las actividades extraescolares, es algo que hemos venido detectando. Hay que motivarles, sin bajar la guardia, pero eso no significa tenerlos atiborrados de actividades». La vida familiar tiene que ser también un transmisor de valores. «Hay que darles a los niños herramientas para que sepan decir no, eso les va a marcar el futuro frente a situaciones en las que están expuestos como las drogas. Muchas veces creemos que les sobreprotegemos y les estamos debilitando, les estamos poniendo una capa ficticia cuando hay que ponerle capas, poco a poco, para que sean capaces de evitar determinadas situaciones».

Esta labor le ha valido el reconocimiento de Viguesa Distinguida en el 2012. «Cuando recogí el galardón lo hice pensando en las familias que convivimos durante la trayectoria y pensando en todas aquellas personas de las que aprendí muchísimo. Lo tengo en casa al lado de una foto con mi nieta, porque la educación merece la pena, tenemos que garantizarle un futuro digno a nuestros hijos y nietos».

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